capítulos de El Padrino en Rusia

El presente ruso, entendido como el largo transcurso desde el final de la URSS, recuerda con frecuencia capítulos de la saga de El Padrino de Ford Coppola. Las instancias de disputas a resolver con la amputación del otro, a veces como dato de poder y otras como una desesperada defensa del lugar conquistado.

No debe existir piedad aunque poco antes haya habido abrazos y brindis entre víctimas y victimarios. En ese universo tampoco se trata de ocultar al asesino. El crimen debe ser evidente como un código común, porque de eso se trata.

Ese mismo sendero en Rusia esta regado de una curiosa fragilidad de balcones y ventanas de las que se desprenden al vacio los adversarios del régimen. Una larga lista incluye, entre otros, a Ravil Maganov, presidente de Lukoil, la segunda productora petrolera del país, que cayó en setiembre pasado desde el cuarto piso del hospital donde había sido ingresado por un problema cardíaco.

O Kristina Baikova, la joven vicepresidente del banco Loko-Bank, quien se precipitó desde un piso 11. También, el millonario Pavel Antov que cayó desde el balcón de su hotel en India en diciembre de 2022 o el potentado contratista del gigante estatal Gazprom, Yuri Voronov, que este julio “se suicidó” en su piscina de San Petersburgo. Todos ellos críticos en distintos grados del presidente Vladimir Putin y de la evolución de la guerra en Ucrania.

Ahora se suma el raro episodio de la caída desde un poco más alto del avión que mató al líder del poderoso Grupo Wagner, Yevgeny Prigozhin y a seis de sus lugartenientes. Es imposible no relacionar ese hecho con aquel contexto de gatillo fácil. Y especialmente con el motín que este controvertido oligarca y feroz criminal de guerra aficionado a irse de boca protagonizó el 23 de junio contra el líder ruso.

La rebelión

No quedan dudas de que su final fue producto de un atentado. El lamento público de Putin por esta muerte no alivia las sospechas. También los hampones de Chicago visitaban el velorio de sus víctimas. Lo importante es determinar si esto consistió en un castigo tardío por aquel atrevimiento o una prevención ante una amenaza superior.

Recordemos que Putin había calificado como una “traición” y “puñalada en la espalda” la inmensa maquinaria de guerra que Prigozhin lanzó sobre Moscú en aquella jornada. El mercenario, con esos modos a los que no solo él estaba acostumbrado, pretendía presionar al régimen para que destituya a los jefes militares, incluyendo a los jerarcas del ministerio de Defensa a los que acusaba de ineptitud y de bombardear a sus propias tropas.



La máscara del presidente ruso Vladimir Putin y el líder del Grupo Wagner detrás. Símbolo de un vínculo qua acabó en traición. Foto AP

Pero más profundamente esa rebelión constituyó un alzamiento contra el sentido de la guerra que defendía su jefe.

El episodio no fue un intento de golpe como mal interpretaron algunos analistas. Se trató de un motín que apostaba, no se sabe con qué fundamentos, a que Putin diera un volantazo radical en el conflicto. El jefe paramilitar no buscó derribar a su jefe y antiguo protector. Si así lo hubiera querido, tenía en ese momento suficiente potencia de fuego para causar un desastre terminal en Moscú.

Su acción, que se serenó en cuestión de horas, reflejaba, en todo caso, el sentimiento de un amplio sector del establishment y de las fuerzas armadas que discutían los beneficios del conflicto. No era algo clandestino.

Esa posición crítica la sostenían en contraposición con los otros nacionalistas que compraron la idea original del líder del Kremlin sobre que el país restauraría con esta guerra el antiguo poder global moscovita. La razón germinal de esta guerra.

Putin buscó mediar entre estos dos sectores que nacieron y se estructuraron bajo sus alas, un procedimiento consistente con el criterio divisivo que ha aplicado como fórmula para retener el poder y que define toda la estructura de mando del país.

El Grupo Wagner, justamente, se originó como un ejército paralelo alimentado en la desconfianza del zar ruso en su propia tropa regular. Pero la extensión temporal de la guerra y su estancamiento humillante, erosionó la efectividad de ese balance, también por el efecto que el conflicto causa en la economía del país que está lejos hoy de ser lo que era.

El sistema de acumulación de una economía que se trastocó en básicamente capitalista las últimas tres décadas quedó fatalmente debilitado.

Prigozhin, con sus modos insolentes, exponía esas realidades con brutalidad: “Esta guerra no era necesaria. Solo ha sido necesaria para que un grupo de animales simplemente pudieran regocijarse en la gloria”, había propalado antes del motín.

En un video de media hora aquel 23 de junio había insistido en calificar la invasión a Ucrania como «una estafa perpetrada por una elite corrupta que busca “dinero y gloria sin preocuparse por las vidas de los rusos”.

Parecía demasiado. Pero las cosas no acababan en ese griterío. Es muy creíble la información que publicó Novaya Gazeta en aquellos días, un portal enfrentado con el gobierno ruso, que reveló que Prigozhin estaba rodeado de un círculo de aliados en los mandos militares altos e intermedios y en secciones del poder económico.

El líder del ejército paramilitar que creo para Putin, en el frente de Ucrania. Foto AP


El líder del ejército paramilitar que creo para Putin, en el frente de Ucrania. Foto AP

Se confirmaría esa noción con el arresto, el mismo día de la confusa muerte del jefe mercenario, del general Serguei Surovikin, un militar de brutales antecedentes en la guerra de Siria donde ganó el apodo de “Armagedón”. Este famoso militar fue responsable por un breve período de la conducción del frente en Ucrania y respetaba la capacidad de combate de los Wagner y de sus comandantes.

La guerra

Prigozhin enfureció cuando Surovikin fue relevado por el jefe del Estado mayor conjunto, el general Valeri Guerasimov, alineado con el ministro de Defensa, Serguei Choigu, ambos conjurados para que los paramilitares perdieran su autonomía y se disolvieran en la tropa regular.

Era claro que buscaban impedir que una victoria en el conflicto fortaleciera la incidencia política de los sectores que aupaban a los mercenarios de dialogo directo con Putin y que además, con sus denuncias, dejaban a la vista la corrupción que explicaba la pésima conducción de la guerra. Por eso cae Surovikin.

Ese destino implicaba, además, el final del multimillonario negocio privado de los Wagner, de procedimientos tan opacos como sus enemigos. El propio Putin reveló que le había permitido ganar a esa tropa mercenaria 950 millones de dólares en contratos directos entre mayo de 2002 y el mismo mes de este año en contratos directos.

La Novaya Gazeta, cuya información suele ser muy precisa sobre las cloacas del régimen, indicó que después del motín, y luego de una reunión secreta y amable que sostuvo con el presidente ruso en la sede del Kremlin, Prigozhin inició un reclutamiento muy dinámico de generales en activo o retirados de la amplia vereda de insatisfechos por el trámite de la guerra. 

Se unían en ese sentimiento con parte del amplio nacionalismo ruso que resentía de la influencia que había ganado China, al que atribuyen una voracidad colonizadora en su alianza crítica con Moscú.

Entre otros militares, Prigozhin había reclutado al teniente general Mikhail Mizintsev, que también combatió en Siria durante la guerra que Rusia dio vuelta desde 2015 a favor del régimen de Bashar al Assad.

Este militar tuvo un rol preponderante en el sitio a Mariupol, la estratégica ciudad frente al mar de Azov, que literalmente Moscú demolió para tomarla y asegurar el puente entre el valle de Donbass, en la frontera, y la península de Crimea. El mismo portal noticioso indicó que hay una extensa lista de comandantes que se venían pasando al bando de Prigozhin desde bastante antes incluso del motín de junio.

El general Sergei Surovikin, ex jefe de la guerra en Ucrania y aliado de Prigozhin, destituido el mismo día de la muerte del líder del grupo paramilitar. Foto Reuters


El general Sergei Surovikin, ex jefe de la guerra en Ucrania y aliado de Prigozhin, destituido el mismo día de la muerte del líder del grupo paramilitar. Foto Reuters

Una teoría sobre los magnicidios sostiene que son proporcionales al tamaño de la amenaza que buscan conjurar. La pregunta es si la muerte de este sujeto constituye una advertencia para eliminar el riesgo de otra conspiración. Si es así revelaría la profundidad de las contradicciones internas que crearon las condiciones del motín de junio.

Prigozhin, ciertamente, expuso esas debilidades y golpeó a niveles que no pareció advertir un cimiento central del mito del presidente ruso, que ha sido su condición de intocable. De modo que Putin se habría limitado a aguardar el momento propicio para devolver las cosas a su lugar.

Según la propia banda mercenaria, el avión que llevaba a los jefes de la organización fue volteado por una batería antiaérea rusa. Quizá también una bomba en el aparato. Puede llamar la atención el descuido de Prigozhin de no haber previsto el riesgo y embarcarse con su principales comandantes.

Pero era algo acostumbrado. Según el Financial Times, que siguió los movimientos del líder paramilitar desde el motín, su jet privado se movía permanentemente entre Moscú, San Petersburgo y Rostov on Don, la base fronteriza desde donde se planea la estrategia militar rusa para la guerra en Ucrania y que fue tomada en aquellas jornadas de la rebelión.

Recordemos que Prigozhin había acordado retirarse a Bielorrusia como parte de un acuerdo de pacificación que había labrado el presidente de ese país, Alexandr Lukashenko, un títere del Kremlin. Pero el jefe de los Wagner nunca cumplió ese pacto.

Dos días antes de este confuso episodio difundió un video desde África donde planteaba que estaba moviendo a sus tropas mercenarias por las fronteras que custodiaba Moscú en esos páramos. Lo hacía, dijo, “para seguir haciendo grande a Rusia”, una señal de alineamiento con Moscú. O del regreso de su ofensiva conspiradora.
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